Por Juan Gelman
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-116349-2008-12-09.html
Soy padre de un hijo de 20 años secuestrado, torturado, asesinado en 1976 por la más reciente dictadura militar argentina, que también desapareció sus restos. Fueron hallados, gracias a la infatigable labor del Equipo Argentino de Antropología Forense, 13 años después. Soy suegro de su esposa, secuestrada cuando tenía 19 años, trasladada de Buenos Aires a Montevideo encinta de ocho meses y medio y asesinada por la dictadura militar uruguaya dos meses después de dar a luz. Sigue desaparecida y su hija fue entregada a un policía de matrimonio estéril. Soy abuelo de una nieta de la que me robaron sus primeros 23 años de vida y que mi mujer, Mara La Madrid, que no es la madre de mis hijos, y yo buscamos y encontramos al cabo de una larga investigación. Nada de esto hubiera sido posible sin el testimonio oral de sobrevivientes uruguayos y argentinos, sin expedientes judiciales y aun militares, sin ese archivo tan particular que es el banco de datos sanguíneos de familiares de desaparecidos del Hospital Durand de Buenos Aires, sin una campaña internacional de denuncia que tuvo la solidaridad de decenas de miles de poetas, escritores, artistas y gente de a pie de 122 países, sin libros, sin documentos, sin Internet, sin videos y, sobre todo, sin la voluntad imperiosa de encontrar la verdad.
Hablo desde la experiencia argentina. ¿Por dónde empezar? ¿Por la madre de un desaparecido que año tras año y día tras día arreglaba el cuarto de su hijo y a la noche le preparaba la sopa que él solía tomar al regreso del trabajo? La sopa se enfriaba en la mesa sin remedio. ¿Por el sueño de la hija de una desaparecida? Este sueño: “Mamá vive en el departamento de la calle 47. Voy a visitarla. Tengo miedo de que me abrace y al hacerlo se convierta en fantasma”. Ha pasado mucho tiempo desde la desaparición de ese hijo y de esa madre, pero no hay final del duelo todavía. No lo habrá mientras no se encuentren sus restos y descansen en un lugar de recuerdo y homenaje. No lo habrá mientras esa madre y esa hija no sepan toda la verdad sobre su sufrimiento. No lo habrá mientras esa verdad no conduzca a la Justicia.
El infierno no termina cuando se cierran las puertas del campo de concentración y los hornos se apagan: hace un cuarto de siglo que cesó el infierno militar en la Argentina y centenares de miles de personas –hijos, padres, hermanos, familiares, amigos de los desaparecidos– viven esa segunda parte del infierno que crepita en la memoria y no hay modo de apagar. “Desde entonces, a una hora incierta/esa agonía vuelve/y hasta que mi cuento espantoso sea contado/mi corazón sigue quemándose en mí”, dice el viejo marinero de un poema de Coleridge que recordó Primo Levi. Para muchos argentinos, uruguayos, chilenos, centroamericanos y nacionales de tantas otras latitudes del mundo esa estrofa poética es vida real y quema cada día.
“En nuestro país el olvido corre más ligero que la Historia”, dijo el escritor Adolfo Bioy Casares. Pues no sólo en la Argentina. Desaparecen los dictadores de la escena y aparecen inmediatamente los organizadores del olvido. “¿Para qué renovar las penas? –dice Ismene a Edipo–. El dolor se sufre al recibir las penas y se vuelve a sufrir al recordarlas.” El Día de Muertos, el pueblo mexicano acude a los cementerios, se sienta alrededor de sus difuntos, toca la guitarra y les canta, les pide que sigan muriendo en paz y que dejen en paz a los vivos para que los recuerden sin terrores. Pero los familiares de los desaparecidos no tienen dónde hablarles y ellos son fantasmas inciertos que vuelven a doler en la memoria.
“Los padres quedaron sin hijos y no terminan sus quejas. Conocen al fin cuál es el dolor total sin remedio”, dice Esquilo. ¿Cada recuerdo trae un dolor que se amontona, capa sobre capa, y se convierte en una geología del dolor? ¿Es posible dialogar con el dolor, fingir que tiene rostro y que no es una potencia que viene y va y protesta contra la muerte del ser querido y le da cuerpo y la afirma negándola? ¿La locura sería la última puerta del dolor, una manera de convertirse en dolor para no padecerlo y desaparecer en el dolor? ¿No será ésa una forma de fundirse con la víctima y así morir con ella? Los familiares de los desaparecidos están en otro lugar. “Un loco, solamente un loco que perdió la mente olvidar puede la muerte de su padre”, dice Electra. O la muerte de un hijo. No es ésa la locura de los familiares: su única “locura” consiste en exigir verdad para las víctimas y justicia para los victimarios. Es un camino lleno de obstáculos con los que se tropieza día a día. Los comisarios del olvido tienen recursos y conocen su trabajo.
Un pacto de silencio sella la boca de los militares argentinos, con pocas excepciones. Cuando sus camaradas conocen que alguno está dispuesto a hablar, lo callan con una buena dosis de cianuro: le ocurrió al prefecto naval Héctor Febres, a punto de ser condenado por los crímenes que cometió durante la dictadura militar. O desaparecen a testigos importantes de los juicios por delitos de lesa humanidad, como desaparecieron a Julio López, para agitar el miedo en las víctimas testimoniantes. La policía facilita la huida del represor atrapado o quema archivos de sus operaciones. La jerarquía de la Iglesia Católica argentina que, a diferencia de la chilena, santificó la matanza –un obispo del Vicariato llegó a decir “cuando hay derramamiento de sangre, hay redención”–, la jerarquía de la Iglesia Católica argentina, que ordenó tranquilizar a militares desasosegados porque venían de tirar prisioneros vivos al océano, se niega a abrir sus muy prolijos archivos de la época, que permitirían recuperar al menos los restos de numerosos desaparecidos.
Ciertos jueces, ciertos fiscales y ciertas instancias judiciales como la Corte de Casación argentina encajonan procesos contra los represores, quienes pueden quedar en libertad por la falta de sentencia. Y lo peor, verdaderamente lo peor, es la perversión que mancha a sectores políticos y sociales que, de un modo o de otro, por acción o por omisión, fueron cómplices de la matanza y callan lo que saben y niegan al Otro lo que saben. Y luego, por qué omitirlo, la actitud pasiva de ciertos familiares que, ante todo por falta de medios, y luego por desánimo, cansancio, resignación, desesperanza o temor, todavía temor, depositan su no hacer en los organismos de derechos humanos. Y también, por qué omitirlo, ciertos organismos argentinos de derechos humanos que burocratizan el dolor o militan contra la búsqueda de los restos de los desaparecidos “para que sigan con sus compañeritos”. Así hacen tabla rasa de la historia personal de las víctimas y del lugar que ocuparon en la historia. Es la continuidad civil, bajo otras formas, del pensamiento militar.
La voluntad de corregir la memoria, como es notorio, viene de muy lejos. En el siglo V antes de Cristo, la sangrienta oligarquía de los Treinta prohibió en Atenas por decreto recordar la derrota militar que le infligiera Esparta. Cada ciudadano fue obligado a pronunciar el juramento “No recordaré las desgracias”. Pasan los siglos y los vencedores siguen reorganizando el pasado a voluntad. En el año de gracia de 1040 el monje Arnold von Saint Emmeram explicaba así el método que había elegido para escribir la historia del ducado de Baviera: “No sólo es pertinente que las nuevas cosas modifiquen las viejas; también es correcto, si las viejas son desordenadas, el de-secharlas por completo, e incluso, aunque estén bien ordenadas pero sean poco útiles, el enterrarlas con reverencia”. La voz de los vencidos es “desordenada y poco útil” en los manuales de historia al uso, cuyo marco de referencia esencial es el Estado. Numerosas víctimas de crímenes contra la humanidad fueron y son carne de olvido, “ese acuerdo con aquello que se oculta”, al decir de Blanchot. Los que falsifican la historia así, falsifican la vida y están presentes y activas las antiguas herencias de nuestra tan moderna, o posmoderna, civilización occidental, en la que los extraordinarios avances tecnológicos conviven o malviven codo a codo con genocidios nunca vistos.
Proliferan las teorías sobre la historia como relato y otras sobre todo lo contrario. De lo primero hay pruebas más que suficientes, algunas francamente ridículas. La historia del Partido Comunista soviético ha sufrido continuos liftings con el correr del tiempo y se convirtió en un acto de predicción del pasado. Es famosa la fotografía del estado mayor bolchevique tomada días después del triunfo de la Revolución Rusa, con Lenin en el centro, a su derecha una escalera y luego Stalin. El lugar de la escalera lo ocupaba Trotski, excomulgado por el Termidor stalinista. El acto tiene pretensiones mágicas y la voluntad de abolir la historia. De ahí la importancia fundamental de los archivos de la memoria. De ahí la importancia fundamental de esta reunión. La pretensión de mutilar la memoria cívica de todos los días corrompe su salud y despeja el camino a nuevos autoritarismos.
El imperativo moral de la memoria colectiva tiene hoy más urgencia que nunca y no faltaron en la Argentina y en otros países quienes entendieron esto muy temprano y crearon y ordenaron personalmente, sin apoyo oficial alguno y movidos por su moral ciudadana, informaciones utilísimas que se pueden ver por Internet. Estos archivos contribuyen a deshacer las artimañas de los asesinos de la memoria, como ésas que pretenden que no hubo cámaras de gas y que el primer pueblo ocupado por el nazismo fue el pueblo alemán. Si queremos que la barbarie no se repita y pase al reino del nunca más, no deberían, creo, ser archivos mudos para la sociedad civil y viceversa: habría que acercar sus contenidos a sectores sociales y políticos en los que hay no poco a despejar todavía.
¿Y se podrá alguna vez despejar mentes en el estamento militar para que obedezcan a lo ético y opongan la desobediencia debida a órdenes criminales? El capitán de navío Juan Carlos Rolón, miembro de un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires donde la marina desapareció a 5000 personas, declaró impávido: “Nos enseñaron que la tortura era una forma moral de combatir al enemigo”. Se recuerda el diálogo que Hannah Arendt sostuvo con un oficial nazi que admitió haber gaseado y enterrado a prisioneros con vida en el campo de concentración de Maidanek. La pregunta de la filósofa: “¿Se da cuenta de que los rusos lo van a colgar!”. La respuesta del nazi: “¿Por qué? ¿Yo qué hice?”.
Las dictaduras suprimen el testimonio de las víctimas, pero llevan sus propios archivos. En Auschwitz hay gruesos volúmenes que registran la muerte de los prisioneros gaseados. En la primera columna de cada página figuran el nombre, la edad y la nacionalidad de la víctima; en las dos restantes, hora y causa de la muerte. La hora es la misma a lo largo de páginas enteras, las 8.15, o las 8.30 o las 9.00 de la mañana. También se repite la causa de la muerte, “influenza” casi siempre. Este no es sólo un acto burocrático; sustituye la vida por una mentira de papel y muestra abismos de la condición humana. Se impone abrir esa clase de archivos. Pero ésta es una decisión de Estado y, lamentablemente, todavía hay gobiernos democráticos que no se atreven a disponer que se dé ese paso indispensable. Los familiares de los desaparecidos sólo conocen la dolorosa mitad del crimen. La otra yace oculta, custodiada por centinelas militares, policiales, eclesiásticos. Jacques Derrida habló del “mal de archivo”, pero ésos son los archivos del mal.
Que se me perdone la insistencia en subrayar la importancia de los testimonios orales, vehículos de una memoria que en ocasiones se transmite de generación en generación. Frente a Panamá –narra el periodista José María Pasquini Durán– hay una isla llamada San Blas en la que vive una etnia indígena. Una vez al año todos se reúnen y los ancianos cuentan a los jóvenes la historia de la etnia, que arranca del casamiento del Sol con la Luna, para que su memoria perdure. Los jóvenes comenzaron a emigrar y a quedarse en Panamá, pero mandan grabadoras a la isla para registrar el relato de los ancianos. Ahora la maravillosa historia que comienza con el Sol y la Luna está en casete y los jóvenes lo tienen en su casa entre los discos más recientes de pop norteamericano. Menciono esto porque en muchas sociedades del mundo no hay casete todavía.
En el año 1987 seguía yo exiliado en Francia y el diario recién nacido entonces para el que trabajo, Página/12, me pidió que cubriera el proceso a Klaus Barbie, el ex jefe de la Gestapo en Lyon, bautizado “El carnicero”. A una víctima que le detallaba sus crímenes, Barbie dijo: “Yo no me acuerdo de nada. Si se acuerdan ustedes, el problema es de ustedes”. Efectivamente: recordar y denunciar los crímenes contra la humanidad y exigir su castigo es un problema nuestro.
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viernes, 9 de enero de 2009
miércoles, 7 de enero de 2009
Usan ADN para identificar desaparecidos en Argentina
Usan ADN para identificar desaparecidos en Argentina
Bill Cormier
AP - BUENOS AIRES - 10:14 - 26/03/2008
Los 600 esqueletos guardados en cajas de fruta se apilan sobre los estantes de un armario del laboratorio forense bajo la luz mortecina de una lamparilla. Son el ''esqueleto número 4'' o el ''esqueleto número 21'', sin más referencias.
Pero un cuarto de siglo después del fin de la última dictadura militar argentina y de su ''guerra sucia'' contra los opositores, los avances en genética abren la posibilidad de que esos restos, recuperados de fosas sin marcar de cementerios en todo el país, logren recuperar su identidad.
Los antropólogos han lanzado una ambiciosa campaña inspirándose en las técnicas utilizadas por primera vez en Bosnia y luego en Nueva York tras los atentados del 11 de septiembre.
En anuncios de televisión y radio, artistas famosos exhortan a familiares de desaparecidos a dar una muestra de sangre al banco nacional de datos genéticos. Una línea telefónica de atención gratuita, que funciona de lunes a viernes, es promocionada en los partidos de fútbol.
''Si tienes un familiar que haya sido víctima de la desaparición forzada... una simple muestra de sangre puede ayudar a identificarlo'', dice un popular relator de fútbol en un anuncio de televisión.
La campaña comenzó en noviembre y ya ha empezado a dar resultados.
''Hemos recibido unas 2.000 llamadas telefónicas'', explicó Luis Fondebrider, miembro del Equipo Argentino de Antropología Forense, una agrupación independiente fundada en 1984 para documentar los casos de desaparecidos y que ha aplicado sus técnicas en más de 40 países, desde El Salvador a Irak o Timor Oriental. El equipo también fue el responsable de la identificación de los restos del revolucionario Ernesto ''Che'' Guevara, exhumados en la década del noventa, a través del estudio de sus piezas dentales.
La organización sin fines de lucro espera hacer arreglos para que un laboratorio de Estados Unidos coteje las muestras de ADN de los 600 esqueletos guardados en el armario, muchos de los cuales presentan perforaciones de bala en el cráneo o signos de tortura.
El muestreo de ADN a gran escala se ha vuelto más simple y barato desde que fue usado por primera vez en Bosnia, explicó Mercedes Doretti, fundadora del equipo y que en 2007 recibió una ''beca para genios'' de la Fundación MacArthur.
Luego de la guerra de Bosnia a comienzos de los 90, la Comisión Internacional sobre Desaparición de Personas desarrolló un sistema para realizar sofisticados exámenes de ADN a miles de cuerpos exhumados.
Tras el 11 de septiembre los expertos expandieron la tecnología al desarrollar un programa de computación que permitía comparar simultáneamente miles de muestras de ADN con los fragmentos recogidos en las Torres Gemelas.
Pero el grupo de Doretti no tuvo el dinero para acceder a esta tecnología hasta el año pasado, cuando el Congreso de Estados Unidos le otorgó una beca de 1,5 millones de dólares.
El gobierno argentino provee el apoyo logístico, establece las pautas comerciales gratuitas para la difusión de los anuncios de radio y televisión, pone a disposición del equipo los bancos públicos de sangre y acelera la importación del equipamiento necesario para la identificación de los restos.
A su vez, la presidenta Cristina Fernández ha pedido a la justicia que acelere los cientos de juicios a presuntos represores del régimen de facto que se reabrieron luego de que en 2005 fueron derogadas dos leyes de amnistía de la década del 80.
La campaña también podría dar una idea más precisa sobre la cantidad de desaparecidos durante la dictadura de 1976 a 1983 y acortar la brecha entre las cifras de los registros oficiales, que dan cuenta de más de 13 mil casos, y de los grupos de derechos humanos, que hablan de 30 mil.
''Esperamos que se acerque más gente, sobre todo en las provincias'', para denunciar por primera vez la existencia de un familiar desaparecido, dijo Luis Alen, subsecretario de Derechos Humanos del gobierno.
En la mayoría de los casos, los restos de las víctimas del terrorismo de Estado nunca fueron hallados y de los cuerpos recuperados por el grupo de Doretti, menos de 300 han sido identificados.
La última identificación fue en 2005, cuando un análisis de ADN permitió devolverle el nombre a una víctima de los ''vuelos de la muerte'' cuyo cuerpo la marea había devuelto a la costa años antes. La monja francesa Leonie Duquet recibió un emotivo funeral en la misma iglesia de Buenos Aires de la que había sido secuestrada en 1977.
Se cree que cientos de personas fueron arrojadas al mar desde helicópteros frente a las costas argentinas.
La misma tecnología genética permitió identificar al hermano de Hugo Omar Argente, Jorge, un joven activista cuyo cuerpo fue hallado entre otros 30 dinamitados durante una masacre en 1976.
''Querían hacer desaparecer los cuerpos'', dijo Argente, de 55 años. ''Me enteré el 17 de marzo de 2000, cuando me llamaron por teléfono y me dijeron que los resultados de los análisis lo habían identificado. Lloré y lloré''.
Bill Cormier
AP - BUENOS AIRES - 10:14 - 26/03/2008
Los 600 esqueletos guardados en cajas de fruta se apilan sobre los estantes de un armario del laboratorio forense bajo la luz mortecina de una lamparilla. Son el ''esqueleto número 4'' o el ''esqueleto número 21'', sin más referencias.
Pero un cuarto de siglo después del fin de la última dictadura militar argentina y de su ''guerra sucia'' contra los opositores, los avances en genética abren la posibilidad de que esos restos, recuperados de fosas sin marcar de cementerios en todo el país, logren recuperar su identidad.
Los antropólogos han lanzado una ambiciosa campaña inspirándose en las técnicas utilizadas por primera vez en Bosnia y luego en Nueva York tras los atentados del 11 de septiembre.
En anuncios de televisión y radio, artistas famosos exhortan a familiares de desaparecidos a dar una muestra de sangre al banco nacional de datos genéticos. Una línea telefónica de atención gratuita, que funciona de lunes a viernes, es promocionada en los partidos de fútbol.
''Si tienes un familiar que haya sido víctima de la desaparición forzada... una simple muestra de sangre puede ayudar a identificarlo'', dice un popular relator de fútbol en un anuncio de televisión.
La campaña comenzó en noviembre y ya ha empezado a dar resultados.
''Hemos recibido unas 2.000 llamadas telefónicas'', explicó Luis Fondebrider, miembro del Equipo Argentino de Antropología Forense, una agrupación independiente fundada en 1984 para documentar los casos de desaparecidos y que ha aplicado sus técnicas en más de 40 países, desde El Salvador a Irak o Timor Oriental. El equipo también fue el responsable de la identificación de los restos del revolucionario Ernesto ''Che'' Guevara, exhumados en la década del noventa, a través del estudio de sus piezas dentales.
La organización sin fines de lucro espera hacer arreglos para que un laboratorio de Estados Unidos coteje las muestras de ADN de los 600 esqueletos guardados en el armario, muchos de los cuales presentan perforaciones de bala en el cráneo o signos de tortura.
El muestreo de ADN a gran escala se ha vuelto más simple y barato desde que fue usado por primera vez en Bosnia, explicó Mercedes Doretti, fundadora del equipo y que en 2007 recibió una ''beca para genios'' de la Fundación MacArthur.
Luego de la guerra de Bosnia a comienzos de los 90, la Comisión Internacional sobre Desaparición de Personas desarrolló un sistema para realizar sofisticados exámenes de ADN a miles de cuerpos exhumados.
Tras el 11 de septiembre los expertos expandieron la tecnología al desarrollar un programa de computación que permitía comparar simultáneamente miles de muestras de ADN con los fragmentos recogidos en las Torres Gemelas.
Pero el grupo de Doretti no tuvo el dinero para acceder a esta tecnología hasta el año pasado, cuando el Congreso de Estados Unidos le otorgó una beca de 1,5 millones de dólares.
El gobierno argentino provee el apoyo logístico, establece las pautas comerciales gratuitas para la difusión de los anuncios de radio y televisión, pone a disposición del equipo los bancos públicos de sangre y acelera la importación del equipamiento necesario para la identificación de los restos.
A su vez, la presidenta Cristina Fernández ha pedido a la justicia que acelere los cientos de juicios a presuntos represores del régimen de facto que se reabrieron luego de que en 2005 fueron derogadas dos leyes de amnistía de la década del 80.
La campaña también podría dar una idea más precisa sobre la cantidad de desaparecidos durante la dictadura de 1976 a 1983 y acortar la brecha entre las cifras de los registros oficiales, que dan cuenta de más de 13 mil casos, y de los grupos de derechos humanos, que hablan de 30 mil.
''Esperamos que se acerque más gente, sobre todo en las provincias'', para denunciar por primera vez la existencia de un familiar desaparecido, dijo Luis Alen, subsecretario de Derechos Humanos del gobierno.
En la mayoría de los casos, los restos de las víctimas del terrorismo de Estado nunca fueron hallados y de los cuerpos recuperados por el grupo de Doretti, menos de 300 han sido identificados.
La última identificación fue en 2005, cuando un análisis de ADN permitió devolverle el nombre a una víctima de los ''vuelos de la muerte'' cuyo cuerpo la marea había devuelto a la costa años antes. La monja francesa Leonie Duquet recibió un emotivo funeral en la misma iglesia de Buenos Aires de la que había sido secuestrada en 1977.
Se cree que cientos de personas fueron arrojadas al mar desde helicópteros frente a las costas argentinas.
La misma tecnología genética permitió identificar al hermano de Hugo Omar Argente, Jorge, un joven activista cuyo cuerpo fue hallado entre otros 30 dinamitados durante una masacre en 1976.
''Querían hacer desaparecer los cuerpos'', dijo Argente, de 55 años. ''Me enteré el 17 de marzo de 2000, cuando me llamaron por teléfono y me dijeron que los resultados de los análisis lo habían identificado. Lloré y lloré''.
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